VIVIENDO LA FE COMO UN NIÑO

​En un mundo que nos premia por ser fuertes, independientes y calculadores, nos cuesta horrores entender la voz de Dios. Vivimos corriendo tras la autosuficiencia, armando corazas y tratando de tener el control de absolutamente todo. Pero de pronto, viene Jesús y nos desarma por completo. Fíjate que hay una escena en el evangelio de Marcos donde los mismos discípulos intentan alejar a los más pequeños, y Jesús reacciona de inmediato e interviene con firmeza diciendo lo siguiente:

​«Dejen que los niños vengan a mí. No se lo impidan, porque el reino de Dios es de los que son como ellos. Les digo la verdad: el que no acepta el reino de Dios como un niño, no entrará jamás en él». — Marcos 10:14-15 (PDT)

​Es tremendo, ¿no crees? En vez de pedirnos éxitos, títulos, una buena estabilidad económica,  o estrategias de crecimiento personal, el Señor nos pide dar un paso atrás y volver a ser pequeños. Pero, si lo pensamos bien en nuestro día a día, ¿cómo es realmente un niño y por qué su forma de ser es la llave de todo?

​La lógica de la dependencia

​Ponte a pensar en cómo operan ellos. Un niño no se despierta estresado pensando en qué va a comer mañana, si va a hacer frío o calor, o cómo se va a vestir. Simplemente disfrutan el presente sin temor al futuro. ¿Por qué? Porque confían ciegamente en papá y mamá. Saben que están protegidos, nos ven como superhéroes y dependen al 100% de nosotros.

Ser como niños para Dios significa aprender a rendir el control y aceptar que no somos autosuficientes.

​Cuando llevamos esto a nuestra relación con el Cielo, nos damos cuenta de que el verdadero descanso espiritual comienza cuando aprendemos a dejarnos amar por nuestro Padre Celestial y aceptamos su Paternidad.

​Corazones ligeros y rodillas raspadas

​Otra cosa maravillosa de los niños es que no cargan mochilas pesadas. Si les pasa algo malo, lo olvidan rapidito y vuelven a ser felices. Sonríen un montón y se alegran con cosas sencillas, con algo mucho más profundo que lo puramente material.

​Además, no tienen ese orgullo rígido del adulto: no les da ninguna vergüenza pedir ayuda ni expresar lo que sienten. Son totalmente enseñables; observan a sus padres e imitan lo que ven. ¡Qué falta nos hace esa misma soltura espiritual! Dejar de fingir que lo sabemos todo, ser honestos con Dios sobre nuestras emociones y vaciar el corazón de rencores pasados.

​Y hay un detalle que me encanta: su resiliencia. Un niño que está aprendiendo a caminar se va a caer mil veces. Se da un golpe, llora un ratito, pero eso jamás le quita las ganas de seguir intentándolo. Se sacude las rodillas y sigue avanzando.

​¿Por qué nosotros, cuando fallamos o tropezamos en nuestra vida espiritual, nos castigamos tanto y nos cuesta tanto volver a levantarnos? Un niño sabe que si le teme a la oscuridad o al peligro, basta con correr a los brazos de sus padres para estar seguro.

​¿Qué clase de Padre tenemos?

​Al final, todo se resume en entender qué clase de Padre nos cuida. A veces nos cuesta confiar en Dios porque proyectamos en Él los errores o vacíos de la paternidad humana. Pero si nosotros como padres terrenales, con todos nuestros defectos, amamos incondicionalmente, protegemos a nuestros hijos, nos entristece su dolor y buscamos la forma de verlos felices; si nos encanta complacerlos, guiarlos en cada etapa y hasta nos cuesta resistirnos a regalonearlos... ¿te imaginas cómo nos mira el Padre perfecto?

​Jesús mismo lo dejó claro con esta tremenda promesa:

​«Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, con mayor razón su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan». — Mateo 7:11 (PDT)

​Así que la invitación hoy es clara: es hora de bajarnos del pedestal, de creernos  autosuficiente y volver a descansar en Sus brazos. ¡Él se encargará de todo lo demás!

​Ejercicio de Transformación

Para pasar de la pantalla al corazón, te propongo hacer una pausa en tu rutina y responder estas dos preguntas a solas con Dios:

  1. ¿En qué área específica de tu vida estás cargando hoy una angustia "adulta" (por el sustento, el dinero, el trabajo o el mañana), en lugar de descansar con la confianza de un niño que sabe que su Papá ya tiene la provisión lista?
  2. ¿Hay algún golpe, fracaso o herida del pasado de la que te ha costado levantarte?

Te invito a hacer tuya esta oración

Amado Dios y Padre bueno, hoy vengo a ti reconociendo que muchas veces he querido controlarlo todo en mis propias fuerzas. Perdóname por olvidar que te necesito y por dejar que el afán me robe la paz y el disfrute de mi familia.

Señor Jesús, limpia mi corazón y enséñame a recibir tu reino como un niño. Abre mis ojos para entender el diseño de la familia según tu corazón y ayúdame a ver el regalo que son mis hijos y el privilegio de ser padre/madre. Permíteme descubrir todo lo que quieres enseñarme y sanar en mí a través de ellos.

Enséñame a disfrutar el presente, a descansar en tu amor y a vivir este ministerio de la familia tomado de tu mano.

En el nombre de Jesús, amén.¡​DIos te bendiga!

Si este mensaje bendijo tu vida, compártelo para bendecir a alguien más.
Y te invitamos a seguir descubriendo los tesoros ocultos en la familia.

¡Dios te bendiga!

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